Solía besarme en la espalda. No eran besos normales. Apoyaba sus
labios en mi piel, como si fuesen ventosas. Eran besos mojados. Me
acariciaba la espalda y los muslos y las nalgas un buen rato, sin dejar
de besarme.
Siempre atrapada entre sábanas, piernas y brazos ajenos: los suyos. Podía pedirle cualquier cosa, hazme esto, el otro en ese sitio, cogeme aqui y ahora. Nunca fallaba.
Llegamos a casa, caminaba por la acera recién mojada, tras la lluvia de esa tarde, con los zapatos en mano y el con una botella de champagne, que se había llevado de la fiesta.
De pronto ya estaba en la cama. El fresco contacto de las sábanas limpias y los cuatro ángulos difuminados entre velas de vainilla, comenzó a revolverme las fuerzas. Me colocó boca abajo, me sujeto las manos con una de las suyas en mi espalda, escuché un tintineo metálico, y el crujido de acero me hizo entender que alrededor de mis muñecas, me sujetaban ya unas esposas, - solo una idiota - pensaba, permitiria tal cosa, esposarse a la cama y vendada de los ojos sin oponer resistencia. De pronto mi cordura le echaba la culpa al champagne.
Resbalé sobre el colchón, intentar incorporarme sobre una cama tan blanda, lo hacia imposible, era torpe gracias a mi propio mareo, de pronto me sentí un poco aterrorizada al sentir sudor en la frente que se detenia en el pañuelo, me impedia ver que estaba haciendo, mientras sentía como arrancaba el vestido y bajaba bruscamente mi ropa interior.
El roce del acero en mis muñecas comenzaba a lastimar, si intentaba preguntar algo o gritar seguramente la voz se me quebraria en un esfuerzo inútil. Toda esa parafernalia Sado light comenzaba a ponerme nerviosa. De pronto su aliento a mi costado, suave pero firme me atenazaba con sus piernas fuertemente contra la cama, su voz comenzó a deslizarse cuesta abajo por mi oido, un susurro hipnótico que repetía me tranquilizara, jugaba entre sus dedos con mis rizos y de pronto, percibí un cosquilleo que comenzó a subir por mi espalda. De nuevo su voz se dispersaba hasta las vertebras con un -no voy a hacerte daño- ; Al principio no entendía que era, pero sonaba como una sierra eléctrica.
Decidí relajarme, y abstraerme de todo, su voz pausada me tranquilizaba un poco, pronunciando mi nombre, rozaba la palma de su mano por mi cuerpo, masajeando, apretándome, creo que ahi decidí me abandonaría del miedo excepto de mi cuerpo, acercaba su aliento, saboreaba el sabor burbujeante, caliente y aromático de la uva en su lengua, mientras aquella cosa dura bajaba por mi espalda morosamente, se demoraba en mis nalgas y me hacia estremecer.
Algo duro, muy duro, tan duro que dolía, se me metió entre las piernas, entraba y salía como un pistón hidráulico, cuando lo tuve dentro caí en cuenta lo que era. Entre el miedo, la excitación y el morbo eso se hundia dentro mientras mas y mas me iba lubricando, el recitaba frases en mi oido mientras yo trataba de respirar - ¿que clase de perverso era de pronto él?- sin pedirme permiso, ni discutirlo antes me enterraba aquello, ¿sería acaso esa clase de maravillas que dijo esa noche haría conmigo?. Ya había llegado hasta ahi, no había marcha atrás, aquél aparato vibrante, ese accesorio mecánico supongo le excitaba usarlo conmigo y haría que alguno de los dos se corriese en menos de tres minutos, ... justo empezaba a acostumbrarme a esas acometidas contundentes, cuando el sustituyó el juguetito por su miembro, noté la diferencia entre un cilindro y otro, suave con menos dificultad me penetró, de modo enérgico y mucho más profundo a un mejor ritmo.
Comenzó las embestidas dulcemente, aquella masa de carne se tomaba mejor su tiempo y con cada acometida sentia la punta de su falo, lo dejaba dentro de mi por un rato, repentinamente desconcentrada sentí un liquido frio en mi espalda y su lengua húmeda y tibia lamiendo, me di cuenta que vaciaba gotas de champán.
Seguía moviendose con afán y yo con la mitad de la cara sepultada en la almohada comenzé a jadear, me sujetaba fuertemente el cabello, respiraba sobre mi espalda, oí su voz en un tono raro y una que otra frase vulgar, me gustaba, me temblaban las piernas, los músculos se contraían mientras su vientre seguía chocando detrás. Comenzó a hablarme de un modo que me excitó tanto escucharlo, suplicando correrme, que sentí como una corriente cálida subía desde mi vientre y me escuché gemir de una forma tan aguda que no me reconocí.
Me liberó , me colocó boca arriba y de nuevo comenzó a besarme despacio, acaricio suave mis muslos y a chupar mis senos constante y controlado... entró de nuevo en mi y me quitó el pañuelo de los ojos y aquel cilindro plástico afortunadamente nunca mas volvimos a usarlo. Esa noche lo hicimos una y otra vez hasta hartarnos lo suficiente para quedar de acuerdo convencidos, y alejarnos de aquel engendro plástico intruso entre nosotros.
Siempre atrapada entre sábanas, piernas y brazos ajenos: los suyos. Podía pedirle cualquier cosa, hazme esto, el otro en ese sitio, cogeme aqui y ahora. Nunca fallaba.
Llegamos a casa, caminaba por la acera recién mojada, tras la lluvia de esa tarde, con los zapatos en mano y el con una botella de champagne, que se había llevado de la fiesta.
De pronto ya estaba en la cama. El fresco contacto de las sábanas limpias y los cuatro ángulos difuminados entre velas de vainilla, comenzó a revolverme las fuerzas. Me colocó boca abajo, me sujeto las manos con una de las suyas en mi espalda, escuché un tintineo metálico, y el crujido de acero me hizo entender que alrededor de mis muñecas, me sujetaban ya unas esposas, - solo una idiota - pensaba, permitiria tal cosa, esposarse a la cama y vendada de los ojos sin oponer resistencia. De pronto mi cordura le echaba la culpa al champagne.
Resbalé sobre el colchón, intentar incorporarme sobre una cama tan blanda, lo hacia imposible, era torpe gracias a mi propio mareo, de pronto me sentí un poco aterrorizada al sentir sudor en la frente que se detenia en el pañuelo, me impedia ver que estaba haciendo, mientras sentía como arrancaba el vestido y bajaba bruscamente mi ropa interior.
El roce del acero en mis muñecas comenzaba a lastimar, si intentaba preguntar algo o gritar seguramente la voz se me quebraria en un esfuerzo inútil. Toda esa parafernalia Sado light comenzaba a ponerme nerviosa. De pronto su aliento a mi costado, suave pero firme me atenazaba con sus piernas fuertemente contra la cama, su voz comenzó a deslizarse cuesta abajo por mi oido, un susurro hipnótico que repetía me tranquilizara, jugaba entre sus dedos con mis rizos y de pronto, percibí un cosquilleo que comenzó a subir por mi espalda. De nuevo su voz se dispersaba hasta las vertebras con un -no voy a hacerte daño- ; Al principio no entendía que era, pero sonaba como una sierra eléctrica.
Decidí relajarme, y abstraerme de todo, su voz pausada me tranquilizaba un poco, pronunciando mi nombre, rozaba la palma de su mano por mi cuerpo, masajeando, apretándome, creo que ahi decidí me abandonaría del miedo excepto de mi cuerpo, acercaba su aliento, saboreaba el sabor burbujeante, caliente y aromático de la uva en su lengua, mientras aquella cosa dura bajaba por mi espalda morosamente, se demoraba en mis nalgas y me hacia estremecer.
Algo duro, muy duro, tan duro que dolía, se me metió entre las piernas, entraba y salía como un pistón hidráulico, cuando lo tuve dentro caí en cuenta lo que era. Entre el miedo, la excitación y el morbo eso se hundia dentro mientras mas y mas me iba lubricando, el recitaba frases en mi oido mientras yo trataba de respirar - ¿que clase de perverso era de pronto él?- sin pedirme permiso, ni discutirlo antes me enterraba aquello, ¿sería acaso esa clase de maravillas que dijo esa noche haría conmigo?. Ya había llegado hasta ahi, no había marcha atrás, aquél aparato vibrante, ese accesorio mecánico supongo le excitaba usarlo conmigo y haría que alguno de los dos se corriese en menos de tres minutos, ... justo empezaba a acostumbrarme a esas acometidas contundentes, cuando el sustituyó el juguetito por su miembro, noté la diferencia entre un cilindro y otro, suave con menos dificultad me penetró, de modo enérgico y mucho más profundo a un mejor ritmo.
Comenzó las embestidas dulcemente, aquella masa de carne se tomaba mejor su tiempo y con cada acometida sentia la punta de su falo, lo dejaba dentro de mi por un rato, repentinamente desconcentrada sentí un liquido frio en mi espalda y su lengua húmeda y tibia lamiendo, me di cuenta que vaciaba gotas de champán.
Seguía moviendose con afán y yo con la mitad de la cara sepultada en la almohada comenzé a jadear, me sujetaba fuertemente el cabello, respiraba sobre mi espalda, oí su voz en un tono raro y una que otra frase vulgar, me gustaba, me temblaban las piernas, los músculos se contraían mientras su vientre seguía chocando detrás. Comenzó a hablarme de un modo que me excitó tanto escucharlo, suplicando correrme, que sentí como una corriente cálida subía desde mi vientre y me escuché gemir de una forma tan aguda que no me reconocí.
Me liberó , me colocó boca arriba y de nuevo comenzó a besarme despacio, acaricio suave mis muslos y a chupar mis senos constante y controlado... entró de nuevo en mi y me quitó el pañuelo de los ojos y aquel cilindro plástico afortunadamente nunca mas volvimos a usarlo. Esa noche lo hicimos una y otra vez hasta hartarnos lo suficiente para quedar de acuerdo convencidos, y alejarnos de aquel engendro plástico intruso entre nosotros.